La triste historia de mis encuentros con el consultorio dental comenzó a los dieciséis años. Aquel día, entre el dentista y dos de sus ayudantes, se libró una batalla memorable para extraerme la muela (47) – según el sistema de numeración dental FDI, la del cuarto cuadrante, posición siete. La escena de la batalla está bien fija en mi mente: uno de los ayudantes me sujetaba la cabeza con firmeza, el otro me inmovilizaba del pecho y mientras el dentista, armado con una pinza de incierta procedencia, forcejeaba para liberar el molar. Este emergió, mostrando sus cuatro “patitas” en forma de cuerno. Mientras mi encía, quedó totalmente “floreada” y un chorro de sangre constante que costó horrores detener.
El desarrollo de mis dientes no ha sido normal. A los ocho años de edad debió caérseme un diente incisivo lateral, pero se aferró con una tenacidad inaudita. Fue hasta los cincuenta y nueve años de edad que, al morder un traicionero grano de palomitas de maíz, se aflojó y decidió abandonar el “barco” maxilar. Sumando a lo anterior, tengo varios problemas dentales como anodoncia y apiñamiento dental.
La anodoncia, para quien desconozca el término, es la ausencia congénita de uno o más dientes, ya sean temporales o permanentes, que nunca llegaron a formarse a causa de problemas genéticos. Y para colmo, la arcada dentaria que me tocó resulta que es más pequeña en relación con el ancho de mis dientes y, por lo tanto, falta espacio.
Retomando la triste historia de un principio, llevo más de un mes de visitas constantes al dentista para que me arregle mis “defectos de fábrica”, estos, sumados a mis hábitos alimenticios y limpieza bucal, y después de algunos estudios (radiografía panorámica, fotografías intraorales y modelo de estudio) se llegó a la conclusión ineludible: los brackets son mi destino.
Pero, ¡me siguen sobrando dos dientes! (uno del maxilar y otro de la mandíbula) Así que, hoy 26 de abril de 2025 tuve el peculiar honor de conocer al ratón de los dientes, también conocido como el Ratón Pérez. ¡Y es amarillo, para mi sorpresa! Aunque este singular roedor no me trajo una moneda, sino uno de mis dientes, cortesía del hábil doctor Jonathan.







