El agudo silbido del cartero levantó a Juan Botas, los fugaces segundos que tardó en regresar a su hamaca fueron suficientes para emocionarse, emoción contenida durante casi tres semanas de espera: la anhelada carta de su amada. El intercambio epistolar cumplía cinco cortos años. Aunque, la enorme espera de una nueva carta se tejía con la seda de la anticipación.
Jóvenes de los ochenta, donde el internet, los correos electrónicos y el celular solo existían como un eco lejano de un futuro desconocido; la comunicación por carta era, por así decirlo: lo más moderno, después de los lacónicos telegramas y las llamadas telefónicas a números fijos. Los telegramas se cobraban por palabra, así que obligaban a la concisión; aun así, un “te amo” siempre encontraba su lugar. Las llamadas telefónicas no eran en cualquier momento, tenían que esperar a que los dos estuvieran físicamente: en casa, con un familiar o en el trabajo (al menos uno de ellos). Mientras el otro refugiado en una caseta telefónica, alimentando su voz con monedas contadas. Llamadas breves, porque se cobraba por tiempo. Hoy, en el año 2025 este tipo de problemas ya no existen. En retrospectiva, estos “inconvenientes” de comunicación se aceptaban por la emoción de escuchar al ser amado a través de la línea telefónica o saber de él por un telegrama con el sello de “urgente”.
¡Pero las cartas! Tienen su magia propia. Son inolvidables como el primer beso, se recuerdan las palabras leídas junto a una gran rosa roja o un corazón dibujado inspirado por la fecha de cupido. Las promesas de amor eterno, los incansables “te amo” y el meloso texto escrito en varias hojas blancas, de cuaderno (rayado o cuadriculado como un mapa de sueños) o en una simple servilleta. Un mundo que para Juan Botas y su amada nunca pasaron de moda.
Mi amor…
Con la emoción de volverte a ver, te escribo nuevamente para que nunca olvides que te amo con todo mi corazón. Este fin de semana que fuimos al café “Juniors” me diste el mejor regalo que he recibido en mi vida: una rosa dibujada por ti con unas palabras hermosas.
Sabes, hoy en mis sueños recordé nuevamente cuando fuimos a la Barranca del Río Santiago. Ya pasaron cuatro años de ese día cuando caminábamos y de repente me cargaste cerca de la orilla, por un momento me dio mucho miedo que nos cayéramos al vacío; todavía éramos amigos, pero sentí tus brazos y confié en ti. Nos divertimos mucho ese día. Iba con una de mis amigas y tú fuiste con tu amigo “el Parchís”. Al siguiente fin de semana te me declaraste.
Como nos reímos al recordar cuando me propusiste ser tu novia, íbamos sobre la avenida alcalde y comenzó a llover por la tarde, nos refugiamos debajo de una cimbra de un edificio que estaban construyendo. Estabas tan nervioso que no encontrabas las palabras, y yo deseosa de escucharte. Hasta que por fin me hiciste la gran pregunta: ¿Quieres ser mi novia? Emocionada y ruborizada por decirte que sí, solo alcance a agachar la cabeza para que no vieras mis “chapas” rojas o coloradas. Un “sí” chiviado se escuchó. Me abrazaste, me levantaste el rostro y nos besamos. ¡Fue nuestro primer beso! ¡Éramos novios!
Ese día en el café te regalé una postal que dibujé para ti dentro de un folder azul que le pegué calcomanías muy bonitas de amor; unas palabras que no sabía como acomodarlas para que te gustaran, te confieso que primero las escribí y corregí en varias hojas antes de pasarlas a la postal. Y claro, como no te podías quedar atrás, comenzaste a escribir en una servilleta: “Una hermosa chica hoy me regaló una bonita postal que voy a conservar siempre… estoy enamorado de ella y creo que me corresponde.”
Hoy cumplimos cinco años de habernos conocido. Se que la distancia, esos quinientos cincuenta y cinco kilómetros que nos separan nos impide vernos más tiempo como anhelamos. Tú estás estudiando la preparatoria y técnico en electrónica y yo abrazando mi vocación de Enfermera. No sé qué nos depara el destino. Pero, tengo fe que este amor nos acerque cada día y seamos más felices. Te amo. Besos.







