El miedo es sumamente complejo e incómodo; desde que vamos a nacer somos sacados de nuestra área de confort y sin saberlo creemos que vamos a morir. Y antes de regresar a la tierra, volvemos a sentirlo y sabemos que no hay forma de evitarlo; pero sí, podemos controlarlo.
No podemos vivir sin él. Nos motiva y nos obliga a seguir adelante. Todo depende de nuestra actitud ante todas las vicisitudes que se nos presentan día a día. Entonces: ¿en qué miedo descubriste que eres valiente?
He aquí la diferencia. Nuestro libre albedrío nos permite decidir quedarnos parados y solo observar lo que hacen los demás o armarse del valor que se necesita para emprender nuestro propio vuelo.
He aquí la diferencia. Nuestro libre albedrío nos permite decidir quedarnos parados y solo observar lo que hacen los demás o armarse del valor que se necesita para emprender nuestro propio vuelo.
La emoción del miedo está en nuestra mente; es ilusorio, si, pero este pensamiento se vuelve real y verdadero cuando necesitamos tomar una decisión y estamos a punto de cruzar el umbral a lo desconocido. En ese momento, se convierte en una amenaza; lo que activa una alerta a través de este sentimiento.
Palabras comunes como: confianza, disciplina, constancia y superación son eso, lugares comunes; pero también son la diferencia entre una decisión y otra. Nuestro tiempo en la vida es limitado y cuando afrontamos con valentía lo que viene, estamos en el primer paso para superarlo. Para esto, necesitamos una motivación y la más grande es poder decir: ¡Lo logré y valió la pena!
¿A quién le interesa mis miedos? Para empezar, a mí mismo; nada de lo que piense o haga es ajeno a ellos. Soy mi propio héroe con una actitud de combate y tengo mi propio viaje. Loco e insensato, tomaré mis decisiones con coraje y determinación para lograr ese acto valeroso de vencerlo. Consciente de mis derrotas y mis victorias, volveré a empezar poniendo a raya a la imaginación.
¡Qué fácil se leen estas palabras! El riesgo cero no existe, por lo tanto, seré audaz para sobrevivir y aprender de mis errores, o más bien, de las decisiones que tomé.







